Son tantas las cosas que se deben
ajustar en un municipio que algunas, aunque parezcan pequeñas e intrascendentes
para algunos, pueden ser muy importantes para el bienestar de muchos.
En el sector comprendido entre Quinta
Oriental y el barrio Colsag ha existido durante años una cancha de fútbol en
tierra. Es un escenario muy utilizado, que proporciona recreación y
esparcimiento y que resulta de gran importancia para las nuevas generaciones de
deportistas.
Eso está bien.
Lo que no está bien es que detrás de ese espacio de
recreación pueda existir un riesgo ambiental y sanitario que, por años, haya
pasado inadvertido.
Y no solamente para quienes utilizan la cancha.
Justo al lado funciona el Instituto
Técnico Mercedes Ábrego, donde permanecen diariamente niños, adolescentes,
docentes y trabajadores. Y en Cúcuta tenemos una combinación que merece
especial atención: períodos secos prolongados y frecuentes corrientes de viento.
¿Pero cuál es la amenaza?
Cada carrera, cada balón que
golpea el terreno y cada movimiento sobre una superficie seca puede generar resuspensión
de partículas. Las más grandes pueden depositarse rápidamente, pero las
partículas respirables, especialmente las PM10, pueden penetrar en las vías
respiratorias, mientras que las PM2,5, por su menor diámetro, pueden llegar
hasta los alvéolos pulmonares e incluso atravesar la barrera pulmonar hacia el
torrente sanguíneo.
Si usted vive en este sector de la
ciudad o en algún otro que también tenga una cancha de tierra en sus
inmediaciones y empieza a sentir inicialmente irritación de las vías
respiratorias, manifestándose en síntomas como tos, carraspera, sequedad o
irritación de garganta, estornudos, congestión nasal, aumento de la mucosidad,
ardor en los ojos y sensación de dificultad para respirar, debería preocuparse por solucionar el problema
que genera la cancha. En personas susceptibles, especialmente niños, adultos
mayores y quienes presentan enfermedades respiratorias, estas partículas pueden
desencadenar o agravar episodios de sibilancias, opresión en el pecho y mayor
dificultad respiratoria. Las partículas finas, particularmente las PM2,5, por
su reducido tamaño pueden penetrar profundamente hasta los alvéolos pulmonares,
por lo que una exposición frecuente y prolongada constituye un factor ambiental
que merece vigilancia y control sanitario.
Y aquí está lo preocupante: no estamos hablando únicamente
de los deportistas.
Estamos hablando de una comunidad
educativa ubicada inmediatamente al lado de la cancha y de familias que viven
en sus alrededores, potencialmente expuestas a episodios repetidos de polvo,
especialmente durante las épocas secas y ventosas.
Esto no significa afirmar que la
cancha esté causando enfermedades. Para decirlo con rigor científico habría que
realizar mediciones de calidad del aire, caracterización del material
particulado y una evaluación epidemiológica.
Pero precisamente ahí está la responsabilidad de la
administración municipal.
¿Se ha evaluado alguna vez este riesgo?
Si no se ha hecho, debería
hacerse.
La solución tampoco consiste en
eliminar la cancha. Todo lo contrario: hay que mejorarla y conservarla, porque
el deporte también es salud.
La Alcaldía, a través de sus
áreas de Salud Pública, Ambiente, Infraestructura y Deporte, debería realizar
una evaluación técnica del escenario, medir material particulado en condiciones
de uso y establecer medidas de control de polvo. Dependiendo de los resultados,
podrían estudiarse alternativas como el mejoramiento de la superficie, sistemas
de estabilización del terreno, manejo de las zonas perimetrales y otras
soluciones de ingeniería que reduzcan la resuspensión.
Porque gobernar no es solamente
construir grandes obras.
También es identificar esos
pequeños problemas que afectan diariamente a comunidades enteras y prevenir
antes de tener que curar.
Una cancha de tierra puede
parecer insignificante frente a una gran obra de infraestructura.
Pero para el niño que juega allí,
para el profesor que trabaja al lado, para la familia que vive frente a ella y
para todos los que respiran ese aire, no es insignificante.
Cúcuta necesita más escenarios
deportivos, no menos.
Pero necesita escenarios seguros,
saludables y técnicamente adecuados.
La pregunta, entonces, no debería
ser cuánto cuesta mejorar una cancha.
La pregunta debería ser:
¿Cuánto nos puede costar no hacerlo?
¿O ME EQUIVOCO?
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