domingo, 2 de agosto de 2026

¿Nos falta ambición o simplemente perdimos el rumbo?

 



Me lo pregunté durante toda esta semana y terminé llegando a una conclusión que puede resultar incómoda: tal vez la principal asignatura pendiente de Cúcuta sea aprender a ser ambiciosa.

No hablo de una ambición personal, de esa que busca poder, contratos o protagonismo. Hablo de ambición de ciudad. De esa que obliga a mirar más allá del próximo período de gobierno y preguntarse qué Cúcuta queremos dejarles a quienes vienen detrás.

Somos una urbe de más de un millón de habitantes en su área metropolitana. Una ciudad fronteriza, estratégica, con una posición geográfica privilegiada y con una historia que alguna vez nos hizo creer que podíamos ser grandes.

Pero tenemos un río Pamplonita que agoniza entre la contaminación, la reducción de sus caudales y nuestra indiferencia; una ciudad que sigue sin resolver de manera definitiva un sistema de transporte público masivo capaz de conectar eficientemente a sus habitantes; una ciudad que continúa buscando respuestas para sus aguas residuales y que, cuando la lluvia aprieta, vuelve a descubrir que el agua también sabe exactamente dónde están nuestras falencias.

Y entonces aparece otro dato que debería hacernos pensar.

Cúcuta tiene alrededor de 1.131 kilómetros cuadrados de territorio municipal.

Es decir, tenemos espacio. Tenemos territorio. Tenemos frontera. Tenemos río. Tenemos historia. Tenemos gente. Tenemos problemas, sí, pero también tenemos oportunidades.

Entonces, ¿qué nos falta?

Quizá nos falta atrevernos a pensar en grande.

Roma, con una superficie municipal apenas superior a la de Cúcuta, construyó durante siglos una de las civilizaciones más influyentes de la historia. No fue cuestión de kilómetros cuadrados. Fue cuestión de visión, organización, estrategia y ambición histórica.

Cúcuta, en cambio, parece haberse acostumbrado a administrar el presente mientras el futuro continúa esperando en la sala.

Somos la ciudad que durante años ha discutido cómo resolver la prestación de sus servicios públicos; la ciudad que todavía tiene pendiente una solución integral para el tratamiento de sus aguas residuales; la ciudad que continúa necesitando una verdadera infraestructura de drenaje pluvial; la ciudad que alguna vez imaginó una red de bibliotecas públicas acercándose a los barrios y que hoy parece haber dejado que muchas de esas puertas se cierren sobre el conocimiento.

Y aquí aparece una pregunta todavía más incómoda:

¿Qué pasó con nuestra cultura de leer, investigar, inventar y construir?

¿Qué pasó con aquella Cúcuta del café, del ferrocarril, del telar, de la energía, de los comerciantes que miraban la frontera como una oportunidad y no como una condena?

Quizás esos cucuteños se fueron.

O quizás, como en Macondo, algún viento de agosto se llevó una parte de nuestra memoria colectiva y todavía no hemos encontrado dónde quedó.

Nos fuimos acostumbrando a la informalidad. A resolver lo urgente. A sobrevivir el día. A inaugurar antes que planificar. A anunciar antes que ejecutar. A discutir administraciones mientras la ciudad continúa esperando una visión que sobreviva a los alcaldes.

Y eso sí es peligroso.

Porque una ciudad no puede vivir eternamente esperando que llegue el gobernante que finalmente la rescate.

Las ciudades no se salvan con discursos. Se transforman con decisiones.

Necesitamos preguntarnos qué Cúcuta queremos dentro de 20, 30 o 50 años. ¿Queremos una ciudad que simplemente crezca en población o una ciudad que crezca en calidad de vida? ¿Queremos seguir reaccionando ante los problemas o comenzar a anticiparnos a ellos?

¿Queremos seguir mirando el río Pamplonita como un problema o convertirlo en el gran eje ambiental, turístico y urbano de la ciudad?

¿Queremos seguir hablando de movilidad o construirla?

¿Queremos continuar improvisando soluciones para las aguas lluvias o diseñar de una vez una infraestructura que prepare a Cúcuta para las próximas décadas?

¿Queremos una ciudad que expulse talento o una ciudad capaz de ofrecerle a sus jóvenes razones para quedarse?

Ahí está nuestra verdadera asignatura pendiente.

No es solamente construir.

Es planear.

No es solamente gastar.

Es invertir.

No es solamente inaugurar.

Es transformar.

Y, sobre todo, no es solamente elegir administradores.

Es encontrar líderes capaces de imaginar una ciudad que todavía no existe y tener la valentía de construirla.

¿Quién podrá enderezar el rumbo?

¿Quién será capaz de abandonar el discurso fácil, la fotografía para las redes sociales y el aplauso momentáneo para asumir una tarea que exige años de trabajo?

Tal vez a quien le corresponda esa responsabilidad tendremos que brindarle algo que Cúcuta también ha perdido: un pacto colectivo alrededor de una visión de ciudad.

Porque si seguimos pensando únicamente en el próximo presupuesto, en la próxima elección o en la próxima inauguración, seguiremos condenados a administrar el mismo presente.

Y el tiempo no espera.

Las arenas del reloj pasan volando. En agosto, quizá, se sienten todavía más rápidas.

Los antiguos romanos tuvieron a Sosígenes para ordenar su calendario y poner el tiempo en su sitio.

Nosotros necesitamos algo diferente:

necesitamos poner a Cúcuta en su tiempo.

Quizá nos toque esperar otro agosto para saber quién asumirá esta tarea digna de Odiseo: encontrar el camino de regreso a casa.

Pero hay una diferencia.

Odiseo sabía hacia dónde quería regresar.

¿Sabemos nosotros hacia dónde queremos llevar a Cúcuta?

¿O me equivoco?

 


2 comentarios:

  1. Los gobernantes construyen...solo para ellos.. Antes pegado al éxito ahora en los patios, recta Corozal, Boconó.. Ayer ví un vídeo del politiquero que le tiraron una granada a su casa no lo había visto antes tiene cara de buena gente necesita protección lo mejor es en un búnker.

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  2. Muchas veces ni los que han vivido más no supieron a donde ir , no vieron las riquezas de nuestra ciudad,no se detuvieron a pensar , el tiempo pasa y no repite, las nuevas generaciones viven el dia a dia, quieren resultados ya sin haber trabajado, estar a la moda, ir a sitios in, encajar en una sociedad y tener la aprobación , no solo pasa en jovenes, pasa en todas las edades , que bueno seria encontrar el verdadero camino y no dejarnos vencer por tantos distractores.

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