Me lo pregunté durante toda esta
semana y terminé llegando a una conclusión que puede resultar incómoda: tal vez
la principal asignatura pendiente de Cúcuta sea aprender a ser ambiciosa.
No hablo de una ambición
personal, de esa que busca poder, contratos o protagonismo. Hablo de ambición
de ciudad. De esa que obliga a mirar más allá del próximo período de gobierno y
preguntarse qué Cúcuta queremos dejarles a quienes vienen detrás.
Somos una urbe de más de un
millón de habitantes en su área metropolitana. Una ciudad fronteriza,
estratégica, con una posición geográfica privilegiada y con una historia que
alguna vez nos hizo creer que podíamos ser grandes.
Pero tenemos un río Pamplonita
que agoniza entre la contaminación, la reducción de sus caudales y nuestra
indiferencia; una ciudad que sigue sin resolver de manera definitiva un sistema
de transporte público masivo capaz de conectar eficientemente a sus habitantes;
una ciudad que continúa buscando respuestas para sus aguas residuales y que,
cuando la lluvia aprieta, vuelve a descubrir que el agua también sabe
exactamente dónde están nuestras falencias.
Y entonces aparece otro dato que
debería hacernos pensar.
Cúcuta tiene alrededor de 1.131
kilómetros cuadrados de territorio municipal.
Es decir, tenemos espacio.
Tenemos territorio. Tenemos frontera. Tenemos río. Tenemos historia. Tenemos
gente. Tenemos problemas, sí, pero también tenemos oportunidades.
Entonces, ¿qué nos falta?
Quizá nos falta atrevernos a
pensar en grande.
Roma, con una superficie
municipal apenas superior a la de Cúcuta, construyó durante siglos una de las
civilizaciones más influyentes de la historia. No fue cuestión de kilómetros
cuadrados. Fue cuestión de visión, organización, estrategia y ambición
histórica.
Cúcuta, en cambio, parece haberse
acostumbrado a administrar el presente mientras el futuro continúa esperando en
la sala.
Somos la ciudad que durante años
ha discutido cómo resolver la prestación de sus servicios públicos; la ciudad
que todavía tiene pendiente una solución integral para el tratamiento de sus
aguas residuales; la ciudad que continúa necesitando una verdadera
infraestructura de drenaje pluvial; la ciudad que alguna vez imaginó una red de
bibliotecas públicas acercándose a los barrios y que hoy parece haber dejado
que muchas de esas puertas se cierren sobre el conocimiento.
Y aquí aparece una pregunta
todavía más incómoda:
¿Qué pasó con nuestra cultura de
leer, investigar, inventar y construir?
¿Qué pasó con aquella Cúcuta del
café, del ferrocarril, del telar, de la energía, de los comerciantes que
miraban la frontera como una oportunidad y no como una condena?
Quizás esos cucuteños se fueron.
O quizás, como en Macondo, algún
viento de agosto se llevó una parte de nuestra memoria colectiva y todavía no
hemos encontrado dónde quedó.
Nos fuimos acostumbrando a la
informalidad. A resolver lo urgente. A sobrevivir el día. A inaugurar antes que
planificar. A anunciar antes que ejecutar. A discutir administraciones mientras
la ciudad continúa esperando una visión que sobreviva a los alcaldes.
Y eso sí es peligroso.
Porque una ciudad no puede vivir
eternamente esperando que llegue el gobernante que finalmente la rescate.
Las ciudades no se salvan con
discursos. Se transforman con decisiones.
Necesitamos preguntarnos qué
Cúcuta queremos dentro de 20, 30 o 50 años. ¿Queremos una ciudad que
simplemente crezca en población o una ciudad que crezca en calidad de vida?
¿Queremos seguir reaccionando ante los problemas o comenzar a anticiparnos a
ellos?
¿Queremos seguir mirando el río
Pamplonita como un problema o convertirlo en el gran eje ambiental, turístico y
urbano de la ciudad?
¿Queremos seguir hablando de
movilidad o construirla?
¿Queremos continuar improvisando
soluciones para las aguas lluvias o diseñar de una vez una infraestructura que
prepare a Cúcuta para las próximas décadas?
¿Queremos una ciudad que expulse
talento o una ciudad capaz de ofrecerle a sus jóvenes razones para quedarse?
Ahí está nuestra verdadera
asignatura pendiente.
No es solamente construir.
Es planear.
No es solamente gastar.
Es invertir.
No es solamente inaugurar.
Es transformar.
Y, sobre todo, no es solamente
elegir administradores.
Es encontrar líderes capaces de
imaginar una ciudad que todavía no existe y tener la valentía de construirla.
¿Quién podrá enderezar el rumbo?
¿Quién será capaz de abandonar el
discurso fácil, la fotografía para las redes sociales y el aplauso momentáneo
para asumir una tarea que exige años de trabajo?
Tal vez a quien le corresponda
esa responsabilidad tendremos que brindarle algo que Cúcuta también ha perdido:
un pacto colectivo alrededor de una visión de ciudad.
Porque si seguimos pensando
únicamente en el próximo presupuesto, en la próxima elección o en la próxima
inauguración, seguiremos condenados a administrar el mismo presente.
Y el tiempo no espera.
Las arenas del reloj pasan
volando. En agosto, quizá, se sienten todavía más rápidas.
Los antiguos romanos tuvieron a
Sosígenes para ordenar su calendario y poner el tiempo en su sitio.
Nosotros necesitamos algo
diferente:
necesitamos poner a Cúcuta en su
tiempo.
Quizá nos toque esperar otro
agosto para saber quién asumirá esta tarea digna de Odiseo: encontrar el camino
de regreso a casa.
Pero hay una diferencia.
Odiseo sabía hacia dónde quería
regresar.
¿Sabemos nosotros hacia dónde
queremos llevar a Cúcuta?
¿O me equivoco?
Los gobernantes construyen...solo para ellos.. Antes pegado al éxito ahora en los patios, recta Corozal, Boconó.. Ayer ví un vídeo del politiquero que le tiraron una granada a su casa no lo había visto antes tiene cara de buena gente necesita protección lo mejor es en un búnker.
ResponderEliminarMuchas veces ni los que han vivido más no supieron a donde ir , no vieron las riquezas de nuestra ciudad,no se detuvieron a pensar , el tiempo pasa y no repite, las nuevas generaciones viven el dia a dia, quieren resultados ya sin haber trabajado, estar a la moda, ir a sitios in, encajar en una sociedad y tener la aprobación , no solo pasa en jovenes, pasa en todas las edades , que bueno seria encontrar el verdadero camino y no dejarnos vencer por tantos distractores.
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