domingo, 4 de octubre de 2026

Cúcuta: ¿cuánto cuesta seguir siendo una ciudad informal?

 




Ser una ciudad netamente informal nos tiene jodidos. Y nos tiene jodidos porque así no podemos avanzar: ni en seguridad, ni en desarrollo social, ni mucho menos en desarrollo urbano. Mejor dicho, no avanzamos en casi nada. Solo nos hemos convertido en una ciudad que gasta plata y, muchas veces, la ejecuta mal, mientras buena parte de los indicadores sociales y económicos siguen insatisfechos. Y, para completar el cuadro, cada día estamos más endeudados.

La cosa está tan complicada que por ahí veo a un exalcalde pidiéndole urgentemente al “Tigre” que decrete un mes completo de días sin IVA para la ciudad, porque los venezolanos se han alejado y el comercio está cerrando sus puertas o le va a tocar cerrar. Se le abona al ciudadano la preocupación, pero tampoco podemos dejar de mirar la otra cara de la moneda: al venezolano muchas veces se le reciben sus dólares a una tasa que no necesariamente le favorece, mientras los productos se venden caros y los precios gastronómicos también se han disparado en buena parte de los restaurantes de la ciudad. Bueno, no en todos, pero sí en los de mayor demanda.

Y parece increíble que en los mejores restaurantes de Cartagena, en pleno Centro Histórico, dentro de la ciudad amurallada, como quien dice, de la Torre del Reloj para adentro, los precios de la gastronomía puedan costar entre un 40 % y hasta un 60 % menos de lo que cuesta comer en un buen porcentaje de la oferta gastronómica cucuteña.

Y mire usted esta perla: un ingeniero que vino a turistear a Cúcuta, no hace mucho, compró unos zapatos deportivos de una reconocida marca internacional en un reconocido almacén deportivo de un reconocido centro comercial. Y vea usted… los zapatos no eran originales y se los cobraron a precio de origen.

Eso también espanta al turista.

Somos una ciudad tan informal que no hemos podido, por lo menos en los últimos 50 años, poner —o mejor, echar a andar— los taxímetros. Y esto se convirtió en una especie de “descultura”. No sé si la palabra existe; creo que no, pero me gusta cómo suena para explicar lo que nos pasa.

Porque la cultura cucuteña de no usar taxímetro tiene varios responsables: primero, los taxistas; segundo, los usuarios —y probablemente aquí esté un porcentaje importante de la responsabilidad— y, sobre todo, la incapacidad de contar con un ente municipal serio y formal que haga cumplir las normas que el mismo municipio expide.

Esa informalidad en casi todo nos tiene jodidos. Y también espanta al turista.

Entonces, en una ciudad tan informal, el alcalde de turno prefirió perfilar buena parte de su actividad mediática alrededor de mostrarlo pavimentando calles, ya fuera de día o de noche. Mientras tanto, la seguridad, la educación, la salud, el desarrollo social, el desarrollo económico y tantos otros asuntos del diario vivir siguen esperando respuestas de fondo.

Como dirían los jóvenes de hoy: están “pal perro”.

Y en una ciudad donde un secretario de Seguridad termina necesitando seguridad después de protagonizar un episodio relacionado con el atropellamiento de unos ciclistas… también tenemos un problema de institucionalidad. Porque la seguridad no puede ser solamente un discurso: tiene que comenzar por el respeto a las normas y por la responsabilidad de quienes están llamados a hacerlas cumplir.

¿Qué más informalidad que seguir pensando en los venezolanos únicamente como compradores de tiendas?

Llevamos más de 50 años mirando hacia el mismo lado. Hemos pasado por las altas y las bajas de una moneda que hoy prácticamente ya no tiene el mismo papel comercial de otros tiempos, y seguimos dependiendo de la idea de que el venezolano venga, compre y se vaya.

No hemos aprendido.

Cúcuta necesita mucho más que compradores ocasionales. Necesita producir, generar empleo formal, atraer inversión, desarrollar servicios, fortalecer el turismo y aprovechar su condición fronteriza para convertirse en una ciudad competitiva.

Porque una ciudad no puede vivir eternamente de venderle al vecino.

Y yo me pregunto: ¿qué podría hacer un buen gerente con un promedio de 2,3 billones de pesos al año, que es aproximadamente el tamaño del presupuesto que Cúcuta ha venido manejando, si además de administrar recursos tuviera como prioridad transformar estructuralmente la ciudad?

Porque aquí está la pregunta de fondo: ¿cuánto de ese dinero realmente se está convirtiendo en desarrollo y cuánto simplemente se está gastando?

Ah, y olvidaba otra cosa: en una ciudad informal, el transporte público, diferente al servicio de taxis, sigue siendo deficiente y todavía estamos definiendo —si no estoy equivocado— un sistema multimodal de transporte que realmente pueda prestar un buen servicio a los ciudadanos y, sobre todo, al turista.

Eso también hace que el turista piense dos veces antes de venir.

Pero hay algo todavía más preocupante.

El Gobierno de Estados Unidos emitió una advertencia de viaje relacionada con Norte de Santander por razones de seguridad. El mensaje señala:

“Existe un riesgo elevado de ataques por parte de grupos armados ilegales, incluido el ELN, en el departamento de Norte de Santander, incluidos ataques con drones y fusiles contra instalaciones policiales y militares.”

Además, Estados Unidos recomendó a sus ciudadanos no viajar a Norte de Santander ni acercarse a menos de 10 kilómetros de la frontera entre Colombia y Venezuela.

Eso, señoras y señores, espanta más que cualquier informalidad de la ciudad.

Porque una cosa es que el turista encuentre un taxímetro que no funciona, un restaurante costoso, un transporte público deficiente o un comercio que no genere confianza.

Pero otra, muy diferente, es que desde el exterior se le esté diciendo:

No viaje.

Y entonces la pregunta queda servida sobre la mesa, acompañada, por supuesto, de un buen café:

¿Estamos construyendo la Cúcuta que queremos para los próximos 50 años o simplemente seguimos administrando la informalidad de los últimos 50?

¿O me equivoco?

 


1 comentario:

  1. Toda una radiografía de nuestra amada Cúcuta...no se equivoca.

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