Ser una ciudad netamente informal
nos tiene jodidos. Y nos tiene jodidos porque así no podemos avanzar: ni en
seguridad, ni en desarrollo social, ni mucho menos en desarrollo urbano. Mejor
dicho, no avanzamos en casi nada. Solo nos hemos convertido en una ciudad que
gasta plata y, muchas veces, la ejecuta mal, mientras buena parte de los
indicadores sociales y económicos siguen insatisfechos. Y, para completar el
cuadro, cada día estamos más endeudados.
La cosa está tan complicada que
por ahí veo a un exalcalde pidiéndole urgentemente al “Tigre” que decrete un
mes completo de días sin IVA para la ciudad, porque los venezolanos se han
alejado y el comercio está cerrando sus puertas o le va a tocar cerrar. Se le
abona al ciudadano la preocupación, pero tampoco podemos dejar de mirar la otra
cara de la moneda: al venezolano muchas veces se le reciben sus dólares a una
tasa que no necesariamente le favorece, mientras los productos se venden caros
y los precios gastronómicos también se han disparado en buena parte de los
restaurantes de la ciudad. Bueno, no en todos, pero sí en los de mayor demanda.
Y parece increíble que en los
mejores restaurantes de Cartagena, en pleno Centro Histórico, dentro de la
ciudad amurallada, como quien dice, de la Torre del Reloj para adentro, los
precios de la gastronomía puedan costar entre un 40 % y hasta un 60 % menos de
lo que cuesta comer en un buen porcentaje de la oferta gastronómica cucuteña.
Y mire usted esta perla: un
ingeniero que vino a turistear a Cúcuta, no hace mucho, compró unos zapatos
deportivos de una reconocida marca internacional en un reconocido almacén
deportivo de un reconocido centro comercial. Y vea usted… los zapatos no eran
originales y se los cobraron a precio de origen.
Eso también espanta al turista.
Somos una ciudad tan informal que
no hemos podido, por lo menos en los últimos 50 años, poner —o mejor, echar a
andar— los taxímetros. Y esto se convirtió en una especie de “descultura”. No
sé si la palabra existe; creo que no, pero me gusta cómo suena para explicar lo
que nos pasa.
Porque la cultura cucuteña de no
usar taxímetro tiene varios responsables: primero, los taxistas; segundo, los
usuarios —y probablemente aquí esté un porcentaje importante de la
responsabilidad— y, sobre todo, la incapacidad de contar con un ente municipal
serio y formal que haga cumplir las normas que el mismo municipio expide.
Esa informalidad en casi todo nos
tiene jodidos. Y también espanta al turista.
Entonces, en una ciudad tan
informal, el alcalde de turno prefirió perfilar buena parte de su actividad
mediática alrededor de mostrarlo pavimentando calles, ya fuera de día o de
noche. Mientras tanto, la seguridad, la educación, la salud, el desarrollo social,
el desarrollo económico y tantos otros asuntos del diario vivir siguen
esperando respuestas de fondo.
Como dirían los jóvenes de hoy:
están “pal perro”.
Y en una ciudad donde un
secretario de Seguridad termina necesitando seguridad después de protagonizar
un episodio relacionado con el atropellamiento de unos ciclistas… también
tenemos un problema de institucionalidad. Porque la seguridad no puede ser solamente
un discurso: tiene que comenzar por el respeto a las normas y por la
responsabilidad de quienes están llamados a hacerlas cumplir.
¿Qué más informalidad que seguir
pensando en los venezolanos únicamente como compradores de tiendas?
Llevamos más de 50 años mirando
hacia el mismo lado. Hemos pasado por las altas y las bajas de una moneda que
hoy prácticamente ya no tiene el mismo papel comercial de otros tiempos, y
seguimos dependiendo de la idea de que el venezolano venga, compre y se vaya.
No hemos aprendido.
Cúcuta necesita mucho más que
compradores ocasionales. Necesita producir, generar empleo formal, atraer
inversión, desarrollar servicios, fortalecer el turismo y aprovechar su
condición fronteriza para convertirse en una ciudad competitiva.
Porque una ciudad no puede vivir
eternamente de venderle al vecino.
Y yo me pregunto: ¿qué podría
hacer un buen gerente con un promedio de 2,3 billones de pesos al año,
que es aproximadamente el tamaño del presupuesto que Cúcuta ha venido
manejando, si además de administrar recursos tuviera como prioridad transformar
estructuralmente la ciudad?
Porque aquí está la pregunta de
fondo: ¿cuánto de ese dinero realmente se está convirtiendo en desarrollo y
cuánto simplemente se está gastando?
Ah, y olvidaba otra cosa: en una
ciudad informal, el transporte público, diferente al servicio de taxis, sigue
siendo deficiente y todavía estamos definiendo —si no estoy equivocado— un
sistema multimodal de transporte que realmente pueda prestar un buen servicio a
los ciudadanos y, sobre todo, al turista.
Eso también hace que el turista
piense dos veces antes de venir.
Pero hay algo todavía más
preocupante.
El Gobierno de Estados Unidos
emitió una advertencia de viaje relacionada con Norte de Santander por razones
de seguridad. El mensaje señala:
“Existe un riesgo elevado de
ataques por parte de grupos armados ilegales, incluido el ELN, en el
departamento de Norte de Santander, incluidos ataques con drones y fusiles
contra instalaciones policiales y militares.”
Además, Estados Unidos recomendó
a sus ciudadanos no viajar a Norte de Santander ni acercarse a menos de 10
kilómetros de la frontera entre Colombia y Venezuela.
Eso, señoras y señores, espanta
más que cualquier informalidad de la ciudad.
Porque una cosa es que el turista
encuentre un taxímetro que no funciona, un restaurante costoso, un transporte
público deficiente o un comercio que no genere confianza.
Pero otra, muy diferente, es que
desde el exterior se le esté diciendo:
No viaje.
Y entonces la pregunta queda
servida sobre la mesa, acompañada, por supuesto, de un buen café:
¿Estamos construyendo la
Cúcuta que queremos para los próximos 50 años o simplemente seguimos
administrando la informalidad de los últimos 50?
¿O me equivoco?

Toda una radiografía de nuestra amada Cúcuta...no se equivoca.
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