Porque hay algo que no puede
olvidarse en medio de toda esta controversia: las obras contempladas en el
Acuerdo 003 de 2017 no eran obras menores ni caprichos urbanísticos. Eran
proyectos estratégicos concebidos para responder a uno de los problemas más graves
y más antiguos de Cúcuta: el colapso progresivo de su movilidad.
La intersección de Cuatro
Vientos, la solución vial en la Diagonal Santander con Avenida Cero y Gran
Colombia, la intervención en la glorieta del Terminal y otras obras incluidas
en el paquete de valorización fueron presentadas ante la ciudadanía como soluciones
estructurales para descongestionar corredores críticos de una ciudad que creció
desordenadamente y cuya infraestructura vial hace años quedó rezagada frente al
número de vehículos y al desarrollo urbano.
Y precisamente por esa
importancia, miles de ciudadanos aceptaron pagar valorización. No fue un aporte
voluntario motivado por estética o embellecimiento. Fue un sacrificio económico
justificado bajo la promesa de que Cúcuta finalmente tendría obras capaces de
mejorar la movilidad, reducir tiempos de desplazamiento y modernizar puntos
neurálgicos donde diariamente se forman enormes congestiones.
Por eso hoy existe molestia.
Porque esas obras no nacieron
ayer. Han sido esperadas durante años por una ciudad cansada del caos
vehicular, de los trancones interminables, de los cruces peligrosos y de una
infraestructura insuficiente para las necesidades actuales de la capital nortesantandereana.
Y la situación se vuelve
todavía más preocupante cuando se observa que Cúcuta sigue siendo una de las
pocas ciudades intermedias de Colombia que nunca logró consolidar un verdadero
sistema de transporte masivo moderno y eficiente. Mientras otras ciudades
avanzaron (con dificultades, sí) hacia modelos integrados de movilidad, aquí la
improvisación terminó imponiéndose sobre la planificación. El resultado está a
la vista: más motocicletas, más congestión, más desorden vial y una ciudad
donde cada año movilizarse resulta más lento y más caótico. Precisamente por
eso las megaobras contempladas desde 2017 adquirían un valor aún más
estratégico: eran, al menos, una oportunidad para aliviar parcialmente una
movilidad que hace tiempo entró en estado crítico.
Y cuando después de tantos
años de espera la ciudadanía percibe que las prioridades comienzan a
trasladarse hacia proyectos de ornamentación, paisajismo o embellecimiento
urbano, inevitablemente surge la pregunta que hoy recorre a Cúcuta: ¿qué pasó
con las obras que realmente necesitaba la ciudad?
Nadie discute que una ciudad
bonita es importante. Claro que lo es. Los espacios públicos dignos mejoran la
calidad de vida y fortalecen la imagen urbana. Pero una administración también
debe entender cuáles son las urgencias reales de su gente.
Y hoy la principal angustia
del cucuteño no está en si un separador tiene palmeras o jardines. Está en
cuánto demora atrapado en un trancón. Está en el desorden vial. Está en los
puntos críticos que durante años han colapsado la movilidad del área metropolitana.
Ahí es donde aparece el
verdadero problema político y social de esta controversia: la confianza.
Porque el ciudadano siente que
pagó por unas soluciones específicas que le fueron prometidas hace casi una
década. Y cuando esas soluciones empiezan a diluirse, modificarse o
replantearse, lo que se fractura no es solamente un cronograma de obras. Se fractura
la credibilidad institucional.
La valorización no puede
convertirse en un concepto abstracto donde el ciudadano paga sin claridad sobre
el destino final de los recursos. La valorización fue presentada como un pacto
entre la ciudad y sus contribuyentes: ustedes aportan hoy para que mañana
existan obras concretas que transformen la movilidad de Cúcuta.
Y precisamente por eso la
discusión actual genera tanta controversia. Porque para muchos cucuteños el
debate no es entre un puente o unos jardines. El debate es entre cumplirle o no
cumplirle a la ciudad después de años de espera.
Lo más preocupante es que, mientras la ciudad sigue esperando respuestas, los grandes debates públicos de Cúcuta terminan consumiéndose entre controles políticos, discursos encendidos y sesiones interminables en el Concejo Municipal que, al final, pocas veces producen resultados concretos para la ciudadanía. Pasó con el relleno sanitario, del que hoy prácticamente nadie vuelve a hablar. Pasó con la concesión del acueducto, que terminó diluyéndose entre controversias, silencios y dudas sin resolver. Y ahora ocurre nuevamente con las obras de valorización, modificadas prácticamente de un plumazo, sin una verdadera consulta amplia a la ciudadanía sobre qué era lo prioritario para la ciudad.
Porque esa también es la
pregunta de fondo que sigue sin respuesta: ¿a quién terminó beneficiando
realmente el cambio de estas obras? ¿Quién decidió que el rumbo debía
modificarse? ¿Dónde estuvo la participación ciudadana en una decisión
financiada precisamente con el bolsillo de los cucuteños?
Cúcuta necesita embellecerse,
sí. Pero antes necesita resolver los problemas estructurales que durante
décadas han frenado su desarrollo urbano.
Y quizás lo más grave de todo no sea únicamente el cambio de unas obras. Lo verdaderamente preocupante es la facilidad con la que en Cúcuta se siguen tomando decisiones que afectan a toda la ciudad sin escuchar verdaderamente a quienes pagan las cuentas. Con un simple trámite administrativo y político terminaron alterando proyectos estratégicos que durante años fueron vendidos como fundamentales para el bienestar colectivo y la movilidad de miles de ciudadanos. Mientras tanto, la ciudad sigue atrapada en el caos vial, en la improvisación y en la ausencia de una visión seria de desarrollo urbano. Porque cuando las prioridades públicas terminan subordinadas a intereses políticos, cálculos de imagen o decisiones tomadas entre pocos, el gran perjudicado siempre termina siendo el mismo: el ciudadano común que paga impuestos, soporta los trancones y sigue esperando, año tras año, la ciudad moderna que le prometieron, la Cúcuta que soñamos. ¿O ME EQUIVOCO?

