Cúcuta conoce demasiado
bien el significado del calor. Lo sentimos en las calles, en los barrios, en
los hogares donde un ventilador parece insuficiente y en los trabajadores que
deben ganarse la vida bajo un sol implacable. Pero una cosa es convivir con las
altas temperaturas y otra muy distinta enfrentar un fenómeno climático que
puede comprometer el abastecimiento de agua, aumentar el riesgo de incendios,
afectar la salud pública y golpear la economía de miles de familias.
El problema es que,
mientras la ciencia advierte y las autoridades ambientales encienden las
alarmas, los ciudadanos tenemos derecho a preguntarnos si nuestra
administración municipal está haciendo lo necesario para anticiparse a la
emergencia o si, una vez más, terminaremos reaccionando cuando el problema ya
esté encima.
El Instituto de
Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales, IDEAM, confirmó oficialmente
el fenómeno de El Niño en Colombia el pasado 8 de octubre. Su proyección señala
una probabilidad del 83 % de que alcance o mantenga una intensidad fuerte a muy
fuerte hasta el primer trimestre de 2027. No estamos, por tanto, ante una
advertencia lejana ni frente a una posibilidad que pueda despacharse con
declaraciones tranquilizadoras. Estamos ante un riesgo que exige decisiones
oportunas, coordinación institucional y resultados verificables.
Y Cúcuta tiene razones
adicionales para prestar atención. La capital nortesantandereana estaba entre
las cinco ciudades capitales con mayor nivel de alerta frente a El Niño,
mientras Corponor mantenía la alerta naranja sobre los ríos Zulia y Pamplonita.
Son dos fuentes hídricas esenciales para la región y una señal que debería
obligar a todas las autoridades competentes a actuar con especial
responsabilidad.
La Alcaldía de Cúcuta
no puede decir que nadie le avisó. Tampoco sería justo desconocer que la
Empresa Industrial y Comercial de Servicios Públicos, EIS, informó sobre su
participación en una sesión extraordinaria de gestión del riesgo en la que se
socializó el Plan de Contingencia para la Temporada de Menos Lluvias y Sequía
de 2026. Esa actuación institucional existe y debe reconocerse. Pero
precisamente allí comienza la pregunta incómoda: ¿qué ha pasado después de la
reunión?
Socializar un plan no
es lo mismo que ejecutarlo. Convocar una mesa de trabajo no equivale a
garantizar agua. Anunciar prevención no significa que los equipos de respuesta
estén disponibles, que las fuentes alternas de abastecimiento hayan sido
evaluadas o que los barrios más vulnerables sepan qué hacer ante una eventual
interrupción del servicio. Entre el documento y la realidad existe una
distancia que solo se acorta con presupuesto, responsables, cronogramas y
resultados públicos.
Hasta ahora, con la
información pública que he podido verificar, no es posible establecer de manera
integral qué porcentaje del plan municipal está ejecutado, cuánto dinero se ha
destinado específicamente a esta contingencia, cuáles son las metas medibles ni
qué capacidad adicional tiene la ciudad para responder si disminuyen de manera
significativa los caudales de sus fuentes de abastecimiento. Esta falta de
información consolidada no demuestra que no se esté haciendo nada, pero sí
plantea una obligación elemental de transparencia: explicarles a los cucuteños
qué se ha hecho, qué está en marcha y qué falta por hacer.
La prevención, además,
no puede reducirse a pedirle al ciudadano que cierre la llave mientras las
instituciones se limitan a emitir recomendaciones. Ahorrar agua es necesario,
por supuesto, pero la responsabilidad pública va mucho más allá. Hay que conocer
la disponibilidad real del recurso, verificar la capacidad de captación y
tratamiento, revisar los protocolos de distribución, identificar los sectores
con mayor vulnerabilidad y establecer cómo se garantizará el suministro a
hospitales, centros educativos, hogares infantiles y comunidades que enfrentan
dificultades para acceder al servicio.
La Alcaldía, EIS,
Corponor y la Gobernación deben trabajar sobre una misma hoja de ruta. No basta
con que cada entidad publique su propio comunicado. La ciudadanía necesita
conocer un plan articulado, con responsables identificados, fechas de
cumplimiento y mecanismos para informar oportunamente sobre cualquier riesgo de
desabastecimiento.
También está el peligro
de los incendios de cobertura vegetal. Las altas temperaturas y la vegetación
seca pueden convertir una imprudencia en una emergencia que amenace viviendas,
ecosistemas y vidas humanas. ¿Cuenta Cúcuta con una capacidad de respuesta
suficiente para atender varios incendios simultáneos? ¿Están identificadas las
zonas de mayor riesgo? ¿Se han revisado los equipos, los recursos y la
coordinación con los municipios vecinos? ¿Existe una estrategia de comunicación
para que la comunidad reporte oportunamente las emergencias? Estas no son
preguntas alarmistas: son preguntas básicas de gestión del riesgo.
Hay otra dimensión que
no podemos ignorar: la salud. El calor extremo no afecta a todos por igual. Los
adultos mayores, los niños, las personas con enfermedades crónicas y quienes
trabajan en la calle tienen una exposición especial. La prevención debe contemplar
campañas de hidratación, orientación a los servicios de salud, medidas de
protección para trabajadores expuestos al sol y atención prioritaria a las
comunidades con menos recursos para enfrentar las altas temperaturas.
Y aquí aparece una
contradicción que merece discusión. Cúcuta es una ciudad que experimenta de
manera recurrente temperaturas elevadas, pero eso no significa que esté
automáticamente preparada para un episodio prolongado de calor y disminución de
lluvias. La adaptación climática requiere planificación urbana, protección de
árboles y zonas verdes, cuidado de las cuencas, recuperación ambiental y
decisiones que no se limiten al calendario de una emergencia. Una ciudad no se
vuelve resiliente por acostumbrarse al calor; se vuelve resiliente cuando
reduce su vulnerabilidad.
No se trata de
atribuirle al alcalde la responsabilidad por un fenómeno climático global.
Ningún mandatario municipal puede controlar El Niño ni ordenar que llueva. Lo
que sí está dentro de sus competencias es preparar a la ciudad, coordinar a las
entidades, priorizar recursos, vigilar la ejecución de los planes y rendir
cuentas. El clima no depende de la Alcaldía; la calidad de la respuesta
institucional, en cambio, sí tiene responsables.
Por eso, la
administración municipal debe entender que la gestión del riesgo no puede
convertirse en una actividad de escritorio ni en una sucesión de reuniones cuya
eficacia solo se descubre cuando llega la emergencia. La ciudadanía no necesita
únicamente mensajes sobre lo que podría suceder. Necesita pruebas de que las
instituciones están preparadas para enfrentarlo.
El fenómeno de El Niño
también debería servir para revisar una visión de ciudad que con frecuencia
privilegia la respuesta inmediata sobre la planificación de largo plazo. La
prevención no siempre produce fotografías espectaculares ni inaugura obras visibles,
pero puede evitar pérdidas económicas, interrupciones de servicios y
sufrimientos que después resultan mucho más costosos de atender.
La pregunta, entonces,
no es si Cúcuta puede impedir que llegue El Niño. La pregunta es si sus
autoridades están haciendo todo lo razonablemente posible para que sus
consecuencias no encuentren a la ciudad improvisando.
Desde El Primer Café
Colombia consideramos que llegó la hora de que la Alcaldía publique un balance
detallado de su plan de contingencia: presupuesto asignado y ejecutado,
acciones realizadas, estado de preparación de los organismos de respuesta,
medidas para proteger el abastecimiento de agua, protocolos sanitarios y
cronograma de las tareas pendientes. Que la ciudadanía pueda consultar esa
información y hacer seguimiento a los compromisos.
Porque cuando el agua
empieza a escasear, los incendios avanzan o el calor golpea con mayor fuerza,
ya no alcanza con convocar una reunión y anunciar medidas. En ese momento, la
ciudad necesita que la prevención haya comenzado mucho antes.
Cúcuta tiene derecho a
saber si está preparada. Y la administración municipal tiene el deber de
demostrarlo. ¿O ME EQUIVOCO?



