Que Cúcuta hoy da la sensación de
ser una ciudad insegura… sí. Que en Cúcuta se presentan asesinatos, muchos de
ellos relacionados con el sicariato… también.
Pero la solución del problema, o
por lo menos un porcentaje significativo de ella, no está únicamente en la
inteligencia militar, las cámaras, los drones ni en la tecnología aplicada a la
seguridad.
No.
Hay una cifra que debería
preocuparnos mucho más de lo que nos preocupa: en Cúcuta y su área
metropolitana, cerca de seis de cada diez trabajadores están en la
informalidad. En el trimestre marzo-mayo de 2026, la tasa llegó al 61,7 %,
mientras el desempleo alcanzó el 11,1 % y el desempleo juvenil se aproximó al
20 %.
Y es que los cucuteños, pero
sobre todo su dirigencia, parecen haberse acostumbrado a la informalidad.
Llevamos décadas conviviendo con ella y hemos terminado convirtiendo nuestra
privilegiada condición fronteriza, que debería ser una enorme ventaja
competitiva, en una debilidad económica y social.
Puedo dar constancia de que
llevamos por lo menos cinco décadas perdiendo oportunidades. Y lo más
preocupante es que la situación parece empeorar porque buena parte de nuestra
dirigencia ha perdido la ambición de construir una verdadera economía productiva.
Nos hemos acostumbrado a administrar presupuestos, a ejecutar recursos, a
solicitar créditos y a proyectar ingresos futuros, pero pocas veces nos
preguntamos qué estamos haciendo para que la ciudad produzca más y genere
mayores ingresos propios a partir de una economía sólida y formal.
Y aquí está, posiblemente, una de
las variables más importantes de nuestra inseguridad, aunque muchos no quieran
reconocerlo.
Cúcuta no puede seguir tratando
la economía informal como un fenómeno aislado de la crisis de seguridad.
Cuando una ciudad mantiene
durante años a una parte considerable de su población en actividades económicas
precarias, sin estabilidad, sin protección social y con escasas posibilidades
de progreso, termina creando un escenario de vulnerabilidad que puede ser
aprovechado por las estructuras criminales.
La informalidad no convierte a un
trabajador en delincuente. Sería injusto y equivocado afirmarlo. El vendedor
ambulante, el pequeño comerciante, el trabajador independiente o quien
diariamente sale a rebuscarse el sustento de su familia está trabajando y
merece respeto.
El problema es otro: una economía
que no ofrece suficientes oportunidades formales termina dejando a miles de
ciudadanos, especialmente jóvenes, expuestos a otras alternativas de ingreso.
Y allí puede aparecer el crimen
organizado ofreciendo lo que la economía legal no está ofreciendo: dinero
rápido, préstamos ilegales, distribución de drogas, cobros, vigilancia
territorial o participación en redes delictivas.
El problema, entonces, no es el
trabajador informal.
El problema es una ciudad que ha
permitido que la supervivencia económica se convierta en el único horizonte
para miles de ciudadanos.
Por eso, la lucha contra la
inseguridad no puede reducirse a más policías, más patrullajes, más cámaras o
más capturas. Todo eso es necesario, pero resulta insuficiente si no atacamos
algunas de las condiciones que permiten que las economías ilegales encuentren
terreno fértil.
La seguridad también se construye
con empresas, inversión, educación pertinente, empleo formal y oportunidades
para los jóvenes.
Si Cúcuta no logra transformar
progresivamente su economía informal en una economía productiva, el crimen
seguirá encontrando espacios para reclutar, financiarse y expandirse.
La informalidad no es
delincuencia.
Pero una ciudad sin oportunidades
puede terminar convirtiéndose en el mejor trampolín para ella.
Y aquí aparece otra pregunta
incómoda: ¿qué estamos haciendo con los recursos públicos para cambiar esta
realidad?
Porque con el mismo dinero que
hoy destinamos a proyectos que quizá no son las prioridades de una ciudad llena
de necesidades, y con la suficiente voluntad política, podríamos comenzar a
construir las bases de una política pública de productividad para Cúcuta.
Una política que no se limite a
capacitar emprendedores, sino que identifique qué puede producir la ciudad,
cuáles son nuestros sectores estratégicos, dónde están nuestras ventajas
competitivas y qué necesitamos para convertirlas en empresas, empleo formal,
exportaciones y mayores ingresos.
Tenemos una posición fronteriza
privilegiada. Tenemos una población joven. Tenemos vocación comercial. Tenemos
producción agrícola.
Tenemos posibilidades en
agroindustria, logística, tecnología, energía, manufactura y servicios
especializados.
Tenemos, además, un mercado
venezolano que puede convertirse nuevamente en una enorme oportunidad.
Lo que no tenemos es el derecho a
seguir desperdiciando esas ventajas.
No podemos seguir midiendo
nuestro desarrollo por la cantidad de personas que salen diariamente a
trabajar, sino por la capacidad de nuestra economía para generar valor,
productividad e ingresos.
Una ciudad con una población de
nuestra magnitud, una ubicación fronteriza estratégica y una fuerza laboral
dispuesta a trabajar no puede conformarse con una economía de baja
productividad y alta informalidad.
El desafío no es simplemente
conseguir que la gente tenga trabajo.
El desafío es conseguir que
Cúcuta produzca mucho más por cada trabajador.
Porque mientras nuestra economía
genere poco valor, seguiremos teniendo bajos ingresos, alta informalidad y
mayor vulnerabilidad frente a las economías ilegales.
Y aquí está el verdadero reto de
Cúcuta:
No necesitamos solamente una
ciudad que trabaje. Necesitamos una ciudad que produzca.
Porque una ciudad productiva
genera empresas.
Las empresas generan empleo.
El empleo formal genera
oportunidades.
Y las oportunidades les quitan
espacio a quienes pretenden convertir la necesidad en una puerta de entrada al
delito.
Cúcuta no podrá construir una
seguridad sostenible si no construye primero una economía capaz de ofrecerle a
su gente algo más que el rebusque.
La seguridad de nuestra ciudad
también se juega en una empresa que nace, en un joven que consigue su primer
empleo formal, en una fábrica que decide quedarse, en un productor que logra
exportar y en cada oportunidad económica que conseguimos arrebatarle a la
informalidad.
Cúcuta no necesita resignarse a
sobrevivir.
Cúcuta necesita producir.
Y esa debería ser, quizá, una de
las grandes prioridades de nuestra dirigencia durante las próximas décadas. ¿ O
ME EQUIVOCO ?
Excelente columna, los cucuteños merecemos más seguridad, más empleos, más empresas, más apoyo de los gobernantes para transformar a cucuta en una ciudad próspera y de oportunidades
ResponderEliminarLos gobernantes si apoyan... a los delincuentes que aportan a sus campañas. Les dicen doctores pero son el ejemplo malo del pueblo.
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