Prometer la rehabilitación de
1.000 personas en situación de calle era un compromiso social ambicioso. Hoy,
la ciudadanía merece conocer los resultados.
La informalidad que se ha
tomado a Cúcuta, otrora la Perla del Norte, parece haber llegado también a sus
calles, pero no me refiero solamente a la informalidad económica. Hablo de una
ciudad que, cada vez con mayor frecuencia, nos enfrenta a una realidad
incómoda: seres humanos que han hecho del espacio público su lugar de
habitación, subsistencia o refugio. Por eso, cuando digo que Cúcuta parece una
ciudad que vive en la calle, algunos se preguntarán: ¿qué está diciendo?
Observen lo que ocurre a
nuestro alrededor. En distintos puntos de la ciudad encontramos personas de
diferentes edades y condiciones que permanecen en las calles, unas de manera
habitual y otras transitoria. Algunas sobreviven pidiendo ayuda, otras recurren
a actividades informales y también están quienes enfrentan problemas de consumo
de sustancias psicoactivas. No todas viven la misma realidad ni tienen las
mismas necesidades, pero todas forman parte de una problemática social que
exige atención institucional, soluciones sostenibles y, sobre todo, voluntad de
actuar.
Hagamos dos observaciones
puntuales.
Punto de observación número
uno. 7:45 p. m., esquina de la calle 18 con avenida Primera. Durante apenas 15
minutos, en inmediaciones de una prestigiosa clínica de la ciudad, observé a
cinco personas en situación de calle deambulando por el sector. Dos de ellas
mostraban una actitud agresiva al acercarse a los vehículos para pedir ayuda.
Punto de observación número
dos. Esquina de la calle 16 con avenida Cero. Allí, otras cuatro personas en
situación de calle abordaban a quienes ingresaban a un reconocido restaurante
de comidas rápidas para pedir dinero o alimentos. ¿Plata o comida? ¿Comida o
plata? El orden no importa; lo preocupante es la realidad que se repite ante
nuestros ojos.
Son apenas dos esquinas y 15
minutos de observación en uno de los puntos. No pretendo convertir este
ejercicio en una estadística de ciudad, porque no lo es. Sin embargo, sí deja
una pregunta que merece atención: ¿qué está pasando en Cúcuta y qué tan extendida
está esta problemática en otros sectores? Ojalá la dimensión real sea menor de
lo que muchos ciudadanos perciben, pero para saberlo necesitamos cifras
actualizadas y una caracterización seria de esta población.
La situación de calle es una
tarea pendiente de Cúcuta. Las distintas administraciones no han conseguido
resolverla de manera estructural, y la actual tiene una responsabilidad
particular: durante la campaña electoral de 2023, el hoy alcalde Jorge Acevedo
convirtió la rehabilitación de esta población en uno de sus compromisos
sociales.
Es posible pavimentar una
calle, reparar un tramo deteriorado o recuperar una vía con obras que pueden
verificarse a simple vista. Pero recuperar vidas exige mucho más: atención
psicosocial, tratamiento cuando sea necesario, acompañamiento familiar, oportunidades
laborales, seguimiento y recursos bien administrados. Tal vez allí radique una
de las mayores dificultades de esta problemática: los resultados no se miden
únicamente en metros de pavimento ni en personas que ingresan a un programa,
sino en seres humanos que consiguen reconstruir sus proyectos de vida.
Durante la campaña de 2023,
Acevedo prometió rehabilitar a 1.000 personas en situación de calle en Cúcuta.
Posteriormente, como alcalde electo, anunció la meta de sacar a 500 personas de
las calles durante el primer semestre de 2024.
Estamos en octubre de 2026.
Han transcurrido más de dos años desde aquel primer plazo y la ciudadanía tiene
derecho a preguntar por los resultados. Espero que la Administración haya
avanzado significativamente en el cumplimiento de sus compromisos, pero las
escenas que muchos cucuteños dicen observar a diario obligan a examinar con
rigor el alcance real de la estrategia. La percepción ciudadana merece ser
escuchada, aunque no sustituye una evaluación técnica ni demuestra, por sí
sola, que un programa haya fracasado.
El 9 de octubre de 2026,
Caracol Radio publicó un reportaje titulado «Inseguridad, desorden y
habitantes de calle, paisaje en el centro de Cúcuta», en el que recogió
preocupaciones de comerciantes y residentes por la presencia de personas en
situación de calle, el consumo de drogas en espacios públicos, los problemas de
aseo y la percepción de inseguridad. El reportaje volvió a poner sobre la mesa
los interrogantes acerca de la respuesta institucional.
Y aquí es donde la discusión
debe dejar de ser una confrontación de percepciones para convertirse en un
ejercicio de rendición de cuentas. No basta con anunciar programas, presentar
cifras de personas atendidas o informar sobre recursos contratados. Es necesario
establecer cuántas personas ingresaron efectivamente a los procesos, cuántas
culminaron su rehabilitación, cuántas lograron reintegrarse a sus familias y a
la sociedad, cuántas accedieron a oportunidades laborales y qué seguimiento
recibieron para evitar que sus avances se perdieran.
También es necesario conocer
cuánto dinero se ha destinado a esta estrategia, cómo se han ejecutado los
recursos y qué resultados concretos se han obtenido. Son preguntas legítimas
sobre una política pública que involucra recursos de todos los cucuteños y,
ante todo, la dignidad de personas que necesitan algo más que una intervención
ocasional.
Porque hay una diferencia
enorme entre retirar temporalmente a una persona de un lugar y ofrecerle una
alternativa real para reconstruir su vida. Si no existe continuidad en la
atención, acompañamiento posterior y oportunidades de reintegración, el problema
puede reaparecer en el mismo sector o trasladarse a otro.
Desde El Primer Café Colombia
preguntamos: si rehabilitar a 1.000 personas fue una de las grandes promesas
sociales de la campaña, ¿cuántas han logrado realmente reconstruir sus vidas,
cuánto ha invertido la Alcaldía y qué resultados verificables puede presentar
hoy ante los cucuteños?
La ciudad no necesita
solamente anuncios ni explicaciones. Necesita conocer los resultados,
identificar lo que no ha funcionado y corregirlo. Las personas en situación de
calle no pueden convertirse en parte del paisaje urbano, ni su presencia puede
reducirse a un problema de imagen, seguridad o aseo. Son seres humanos que
requieren atención integral, mientras los ciudadanos también tienen derecho a
disfrutar de un espacio público ordenado y seguro.
La pregunta final es
inevitable: ¿estamos recuperando vidas o simplemente nos estamos acostumbrando
a verlas perderse en las calles de Cúcuta? ¿ O ME EQUIVOCO ?



